El programa EduCasa le abre las puertas a niños, niñas y jóvenes que, por condiciones críticas de salud o discapacidad con movilidad reducida, no pueden asistir de forma presencial a las aulas. Esta es la historia de Jerónimo.
En Medellín, el programa EduCasa marca la historia de la educación de la ciudad. Es el primer modelo público de atención educativa domiciliaria en Colombia, que le abre las puertas a niños, niñas y jóvenes que, por condiciones críticas de salud o discapacidad con movilidad reducida, no pueden asistir presencialmente a las aulas. Uno de esos niños es Jerónimo Benítez Salazar, un joven de 13 años que está cursando octavo grado desde su casa.
Maritza Salazar, su madre, lo describe como un niño
muy inteligente. Cuenta que aprendió a leer por su cuenta cuando tenía apenas
dos años y medio, viendo el programa infantil de televisión El Mono Sílabo. Un
día, cuando llegaba del trabajo, lo encontró con un libro en las manos,
leyendo.
Pero aunque Jerónimo tenga capacidades de aprendizaje, llegar a un salón de
clase fue una barrera que incluso lo hizo perder un año escolar.
Jerónimo tiene parálisis cerebral y diplejía, una condición que le afecta el
equilibrio de por vida y lo obliga a usar un caminador para moverse dentro de
casa y una silla de ruedas para salir al mundo. Todo comenzó en el parto. Su
madre cuenta que el embarazo transcurría sin sobresaltos hasta que al séptimo
mes llegaron las contracciones.
Al llegar a la clínica, el personal médico,
incrédulo ante un parto prematuro, la dejó esperando desde las seis de la
mañana hasta las diez. Cuando llegó el ginecólogo, se asustó: “¿Por qué dejaron
a esta mamá esperando tanto tiempo si es un parto expulsivo y el bebé debía
haber nacido hace rato?”, recuerda Maritza que dijo. Sin embargo, ya el daño
estaba hecho. La falta de oxígeno durante esas horas le causó al bebé una
lesión cerebral irreversible.
Jerónimo estuvo catorce días en incubadora y dos meses en cuidados intensivos.
Al crecer, Maritza notaba que físicamente no avanzaba como otros bebés. Cuando
lo llevó a los especialistas, el psicólogo le dijo que era una mamá
sobreprotectora y que dejara al niño crecer a su ritmo. Maritza interpuso una
queja ante la Superintendencia y solo entonces lo examinó un neurólogo y le
confirmaron el diagnóstico. Para ese momento, el niño ya convulsionaba y se
ponía rígido; ataques epilépticos que los médicos habían descartado como
espasmos de sollozo o mimos excesivos.
La escuela no estaba preparada
Crecer con esa condición fue una batalla constante
contra un entorno que no estaba preparado para él. La escuela donde estudió
primaria quedaba a cinco minutos de su casa, pero llegar a tiempo le tomaba
casi una hora.
Ya que las calles aledañas no están diseñadas para
el transporte de personas con movilidad reducida, deben transportarse en
vehículos particulares. Pero los taxistas que se negaban a transportar la silla
de ruedas, o algunos conductores de aplicaciones le pedían el doble de la
tarifa mínima dificultaban todo.
Dentro del colegio, la situación no era mejor. Como
no había rampas, mientras los demás estudiantes se desplazaban entre aulas, a
Jerónimo lo dejaban solo en un salón porque nadie podía moverlo. Incluso, en
una ocasión, una profesora se quejó de que la silla de ruedas, recostada contra
la pared para darle equilibrio, rayaba la pintura nueva.
“Eran pequeños detalles que demostraban que él no
debía estar ahí”, dice Maritza.
El punto de quiebre llegó después de una cirugía para tratar el encogimiento de
los pies, una consecuencia frecuente de la parálisis cerebral. Jerónimo debía
recuperarse en casa, así que acordaron con la institución que haría los
talleres desde allí y los llevaría para que los calificaran. Sin embargo, nunca
los revisaron ni los citaron a una evaluación. Jerónimo terminó perdiendo el
año escolar por inasistencia. “Me cansé de pelear”, comenta Maritza.
La escuela que va hasta la casa
Fue entonces cuando alguien le dio el contacto de
un colegio privado subsidiado por la Alcaldía para estudiantes con condiciones
especiales. “Si yo hubiera sabido eso antes, lo hubiera inscrito desde el
principio”, afirma la madre.
Ese programa evolucionó hasta convertirse en
EduCasa, hoy operado a través de la Escuela Normal Superior de Medellín en
convenio con la Alcaldía y la Universidad Pontificia Bolivariana.
Cuando Jerónimo se matriculó, recibió un computador
portátil en comodato y conexión a internet para sus clases virtuales. En
algunos casos, también proporcionan algún auxiliar o prótesis para poder
ejercer bien la interacción con el equipo.
Además, cada semana, un tutor pedagógico visita su hogar para acompañar sus
guías de aprendizaje y brindarle apoyo anímico. Para Maritza, el cambio fue
inmediato: “Ya no tengo ese estrés de estar mirando cómo lo voy a desplazar, en
qué transporte lo voy a llevar.” Todas las clases son grabadas, los profesores
tienen las clases monitoreadas y los padres pueden supervisar desde casa. “Es
un cambio de la tierra al cielo”, resume.
Para Jerónimo, el formato también fue una revelación. Tan bien le fue que al
mes de ingresar lo invitaron a una promoción anticipada y se saltó un grado
completo.
“El entorno de una casa lo hace todo más práctico”, dice Jerónimo con la
tranquilidad de alguien que ya encontró su lugar. “Si me ponen a escoger otra
vez entre presencial y virtual, voy a escoger virtual. Le veo muchas más
virtudes”.
Cómo acceder al programa
EduCasa está dirigido a estudiantes con condiciones
de salud críticas o discapacidades con movilidad reducida extrema que cuenten
con un concepto médico que respalde la imposibilidad de asistir físicamente al
colegio.
Las familias pueden solicitar el ingreso en la
Escuela Normal Superior de Medellín, en el barrio Villahermosa, o en la Unidad
de Educación Inclusiva de la Secretaría de Educación, en el segundo piso del
Centro Administrativo Distrital.
También es posible hacer la solicitud por la página
web de la Secretaría de Educación o por correo al rector de la Normal Superior.
Maritza hace un llamado directo: “Muchos padres de familia lo necesitarían y el
programa no es tan conocido. Hay muchos jóvenes con autismo y otras condiciones
que se beneficiarían. Ojalá lo puedan expandir”.
El programa trasciende las cifras
EduCasa representa una inversión superior a los
2.700 millones de pesos y ha beneficiado a más de 700 estudiantes entre 2024 y
2026. Este año participan 210, con meta de llegar a 280 antes de que termine el
año.
Hoy, Jerónimo cursa octavo grado. Se devoró la saga
completa de Harry Potter en un mes. Le gustan los videojuegos como Zelda,
Metroid, Mario y las series de ciencia ficción y fantasía. Juego de Tronos es
una de sus favoritas. Sueña con ser programador.
“Siento que es muy versátil y en la sociedad en la
que estamos, donde todo es tecnológico, siempre me ha gustado esa área”,
explica con una claridad que no corresponde a sus 13 años.
Entre las terapias de natación los martes y las
clases virtuales, Jerónimo cursa octavo grado con una claridad sobre su futuro
poco común en niños de su edad. La ciudad que durante años no supo cómo
recibirlo ahora le lleva el conocimiento hasta la puerta de su casa, y él la
está aprovechando.
Deuda histórica con la educación
inclusiva
El acceso a la educación para personas con
discapacidad sigue siendo limitado en Colombia y en gran parte de América
Latina. Según la Unesco, los niños, niñas y jóvenes con discapacidad tienen
hasta 2,5 veces más probabilidades de no asistir a la escuela que sus pares sin
discapacidad.
En Colombia, más del 60% de las personas con
discapacidad no supera la educación básica primaria, según el Dane, lo que
evidencia la magnitud de la deserción escolar que sufre esta población.
La accesibilidad sigue siendo uno de los mayores
retos: infraestructuras sin rampas, transporte no adaptado y entornos urbanos
poco inclusivos, la falta de formación docente en educación inclusiva y los
prejuicios sociales, dificultan la asistencia regular a clases. Solo en
Medellín, el Dane registró para 2022 unos 123.628 personas con discapacidad.



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