La gazapera del 20 de julio

Todavía recuerdo ese 20 de julio. Lo recuerdo como si fuera ayer. Don José González Llorente estaba sentado en su tienda, echándose aire en las barbas, porque el calor acosaba esa mañana. Vestía como vestían los españoles ricachones de ese tiempo, muy tieso y muy majo, con pantalón corto, corbata a la moda, sombrero encintado y chupa de boda.

En esas estaba, cuando llegaron los Morales. Don José, al verlos, les quiso ayudar: “¿Qué queréis, buenos hombres? ¿En qué puedo ayudaros?”

-Venimos por lo del florero -dijo uno. -Ah sí, el florero de Llorente, pero no me lo vayan a desportillar.

-Usted tiene que ofendernos. Díganos americanos de mierda, miéntenos la madre, lo que sea, pero póngase bravo.

En el instante llegó Rubio y detrás Caldas, a quien apodaban

El Sabio, porque vivía mirando estrellas.

-¿Qué es lo que pasa aquí? -preguntó Caldas, haciéndose el soco.

-Que este viejo tatareto nos ofendió. Dijo que se cagaba en todos nosotros. -¿Cómo el Cacas? -Como el Cacas. Ahí se formó el miercolero. Rubio agarró a Llorente, Llorente le dijo que pasito, Caldas salió a la plaza donde estaban los demás, vestidos de indios, y a la señal convenida formaron la gritería.

Había que gritar duro, porque era el 20 de julio, Día del Grito de Independencia. La maestra regañaba a los que habían olvidado el libreto, Caldas miraba al cielo y pataleaba, furioso porque los solados del rey no llegaban. Al fin, por la calle que va a la quebrada, apareció el contingente de soldados españoles, pero los indios y las marchantas eran fuertes, y pronto los dominaron. Dicen que las vendedoras de verduras y frutas les quitaron los fusiles de palo y los iban encerrando en uno de los salones de la casa cural.

El acto de teatro se realizaba en el atrio de la iglesia, y los feligreses aplaudían a los revoltosos, es decir, a los buenos, que se oponían al mal gobierno. “los buenos somos más”, decían. Al canónigo Rosillo, aliado de los independentistas, lo sacaron de la cárcel y al virrey lo metieron preso.

Todo era un relajo, pero la gente gozaba que daba gusto. A mí, por cuestiones de apellido me dieron el papel de José Acevedo y Gómez, pero a la hora del discurso, se me olvidó lo que debía gritar. Aquello de “Si perdéis estos momentos de efervescencia y calor …” se me refundió en la memoria con lo de los grillos que os esperan. Entonces les dije: “Mirad las cucarachas, las chicharras y los grillos que os esperan”. La maestra entró al escenario y me sacó a coscorrones, porque así no era el libreto, y todos salimos corriendo y la gente creía que eso era parte de la escena y pedían a grito entero: “Cásquele, cásquele. Buena esa, maestra…”

Intervinieron el cura, el sacristán y la policía para poner orden en el escenario y en el público, pues aquello parecía el juicio infernal, del que habla Pombo en el Renacuajo paseador.

Cuando todo se calmó y cada quien volvió a su silla, entró a escena un señor bien vestido, de saco y corbata, con pinta de político y de militar en uso de buen retiro. ¿Y usted qué hace aquí? , le dijo la maestra.

-Soy Ramón González Valencia y vengo a crear el departamento Norte de Santander.

-No sea idiota- le gritó la docente-. Eso es para otro número del programa. Usted está en el punto veinticinco y vamos en el primero.

-Yo sí soy mucho lo toche -dijo el chitaguense. Pero también lo aplaudieron.

Por: GUSTAVO Gómez ARDILA. gusgomar@hotmail.com

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