A sus 85 años, postrado en una cama y acompañado por quienes han permanecido a su lado durante décadas, el exsenador y exconcejal de Medellín sobrevive entre recuerdos, conversaciones sobre Colombia y una historia política que nuevas generaciones parecen comenzar a olvidar.
Exsenador Alfonso Núñez Lapeira. Foto cortesiaEn una casa del sector Estadio, en Medellín, el tiempo parece transcurrir de otra manera.
Allí, lejos de los salones del Congreso, de las oficinas públicas y de las interminables reuniones políticas que alguna vez ocuparon buena parte de su vida, pasa sus días Alfonso Núñez Lapeira.
Tiene 85 años.
Hace tres años permanece postrado en una cama. La insuficiencia renal crónica, la diabetes y la hipertensión han deteriorado progresivamente su salud. Una enfermera le ayuda con sus medicamentos y, a su lado, permanece una figura que se convirtió prácticamente en parte de su familia: su asistente, quien lo acompaña desde hace cuatro décadas.
Pero hay algo que no ha desaparecido completamente.
En los momentos de lucidez, Núñez Lapeira todavía pregunta por Colombia.
Quiere saber qué ocurre en el país, quién gobierna, qué pasa con la política y hacia dónde marcha la nación que durante buena parte de su vida estudió, discutió y ayudó a transformar.
A veces sus opiniones son apenas fragmentos de lo que alguna vez fueron largas conversaciones. Pero en ellas todavía aparece aquel hombre inquieto, estudioso, lector incansable de la prensa y convencido de que la política debía tener una finalidad superior al simple ejercicio del poder.
El político detrás del hombre
Para entender a Alfonso Núñez Lapeira hay que regresar varias décadas.
A una Antioquia en la que el Partido Conservador tenía una fuerza política difícil de disputar y en la que los nombres de los grandes dirigentes eran conocidos prácticamente en cada municipio.
Era la Antioquia de Jota Emilio Valderrama, de los hermanos Valencia Cossio y de una clase dirigente que veía en la política una herramienta para orientar el departamento.
Núñez Lapeira perteneció a una generación que intentó darle otro aire al conservatismo.
Desde las filas de los llamados progresistas o “los del Coraje”, algunos dirigentes encontraron en aquel tesorero del Partido Conservador a un hombre con carisma, preparación y capacidad para representar una renovación política.
Primero pensaron en Medellín.
Después miraron hacia la Gobernación de Antioquia.
Y entonces llegó la campaña de 1994.
La candidatura de Núñez tomó fuerza. Las plazas se llenaron, los conservadores cerraron filas y muchos daban por descontado que aquel dirigente terminaría ocupando el despacho principal de la Gobernación.
Pero en el camino apareció un hombre que, para buena parte de la clase política tradicional, todavía no era una figura nacional: Álvaro Uribe.
La elección terminó convertida en una de las contiendas más recordadas de la política antioqueña.
Uribe ganó por apenas 4.864 votos.
Núñez perdió la Gobernación.
Pero, con el paso de los años, aquella derrota adquirió otra dimensión.
Fabio Valencia Cossio recuerda una conversación posterior entre ambos protagonistas.
Cuando Uribe ya era presidente de Colombia, Núñez le habría dicho:
“Le agradezco que me haya vencido, porque si yo esa vez hubiera sido gobernador, quizá usted hoy no fuera jefe de Estado”.
Una frase que resume, quizá, una característica esencial de Núñez Lapeira: su capacidad para mirar la política sin convertir la derrota en enemistad personal.
José Obdulio Gaviria, quien también conoció de cerca aquella trayectoria, lo define como un hombre de diálogo y de progreso, distante del sectarismo que marcó aquella campaña.
Núñez perdió una elección, pero no convirtió aquella derrota en una guerra personal.
El hombre de las cajas de compensación
Sin embargo, reducir la vida de Alfonso Núñez Lapeira a la política electoral sería cometer una injusticia con su historia.
Buena parte de su legado está en un escenario menos estridente y mucho más silencioso: el servicio social.
Fue fundador y presidente de Comfamiliar Camacol, organización que posteriormente daría paso a Comfenalco.
Por eso algunos lo recuerdan como “el papá de las cajas de compensación”.
Su preocupación estaba puesta en el bienestar de las familias trabajadoras y en la posibilidad de que estas instituciones fueran mucho más que entidades administrativas.
Especial atención dedicó a Urabá.
Allí impulsó obras y programas sociales y dejó una huella que, según quienes lo acompañaron durante aquellos años, todavía permanece en la memoria de comunidades que se beneficiaron de su gestión.
“Fue un hombre dedicado al servicio comunitario”, recuerda Fabio Valencia Cossio, quien destaca su liderazgo social y político, su integralidad y, sobre todo, su humildad.
Para Valencia Cossio, Núñez fue más líder jurídico y social que político.
Y esa diferencia resulta importante.
Porque mientras otros dirigentes construyeron su legado alrededor de elecciones, cargos y partidos, Núñez dejó buena parte de su nombre en instituciones y proyectos que buscaban mejorar las condiciones de vida de los trabajadores.
La educación como otra batalla
Su vocación pública también pasó por la educación.
Fue secretario de Educación de Antioquia y llegó a la rectoría del Politécnico Jaime Isaza Cadavid, desde donde defendió con particular interés la educación tecnológica.
José Obdulio Gaviria recuerda que Núñez perteneció a una generación de dirigentes vinculados con una estirpe política que tuvo especial protagonismo en la educación tecnológica.
De esa preocupación quedó, incluso, una obra que todavía es referencia para quienes estudian ese campo: Hacia un modelo para la educación tecnológica.
No era, entonces, solamente un político.
Era abogado, dirigente social, educador, administrador y lector permanente de la realidad nacional.
Y quizás por eso su trayectoria resulta difícil de encasillar.
De adversario a aliado
La historia política, sin embargo, le tenía reservado otro capítulo.
En las elecciones legislativas de 2006, Alfonso Núñez Lapeira llegó al Senado de la República por el Partido Conservador.
Y allí ocurrió algo que, en la política colombiana, no siempre resulta sencillo: acompañó con entusiasmo a quien años atrás había sido su adversario en la carrera por la Gobernación de Antioquia.
Álvaro Uribe ya era presidente de Colombia.
El hombre que le había arrebatado la Gobernación se había convertido en jefe de Estado.
Núñez decidió acompañarlo desde el Congreso.
Para Gaviria, aquella transformación —rival electoral ayer, aliado legislativo después— resume el carácter del dirigente.
La política, en su concepción, podía ser servicio.
No necesariamente vendetta.
La muerte de su madre
Pero detrás del político había un hombre profundamente ligado a su familia.
Y allí aparece Carmen Lapeira de Núñez.
Su madre.
La mujer costeña, jovial y cercana que, según quienes conocieron la relación entre ambos, era el gran amor de su vida.
Cuando murió en 2005, algo comenzó a cambiar en Alfonso.
“Tenía una gran devoción por la mamá”, recuerda Valencia Cossio.
Núñez había dedicado buena parte de su vida a procurar que ella estuviera bien, que viviera bien y que tuviera una vida tranquila.
Su muerte fue un golpe emocional profundo.
Después vendrían los años de menor exposición pública, el retiro progresivo y, finalmente, el deterioro de la salud.
La mesa de 40 puestos
Hay una imagen que parece condensar toda una época.
En su casa, una mesa de comedor con capacidad para unas 40 personas.
Más que un comedor, parecía una sala de juntas.
Allí Núñez Lapeira reunía a dirigentes políticos, amigos y protagonistas de la vida pública antioqueña.
Entre ellos, Fabio Valencia Cossio y Juan Gómez Martínez.
Se hablaba de Colombia.
Se discutía sobre Antioquia.
Se analizaban gobiernos, partidos, elecciones y el futuro del país.
Era una época en la que la política todavía podía prolongarse durante horas alrededor de una mesa.
Y Núñez disfrutaba de esas conversaciones.
Era un lector permanente.
Un hombre que estudiaba antes de opinar.
Un político que prefería el argumento al grito.
Con el paso de los años, aquella mesa quedó en silencio.
Ya no recibe las mismas reuniones.
Pero la memoria permanece.
El peligro del olvido
Hoy Alfonso Núñez Lapeira vive rodeado de recuerdos.
Su mundo se redujo a una habitación, a los cuidados de quienes permanecieron junto a él y a los momentos en que su memoria le permite regresar a aquella Colombia que durante décadas ayudó a interpretar.
Afuera, nuevas generaciones quizás desconocen su nombre.
Muchos jóvenes no saben que hubo un dirigente conservador que estuvo a pocos miles de votos de convertirse en gobernador de Antioquia.
Que dirigió instituciones sociales.
Que dedicó esfuerzos a Urabá.
Que trabajó por la educación tecnológica.
Que llegó al Senado.
Que compartió escenario político con algunos de los dirigentes más importantes de las últimas décadas.
Y que, después de perder una elección que parecía tener ganada, fue capaz de convertir al antiguo adversario en aliado.
Por eso, mientras su cuerpo enfrenta el desgaste de los años, algunos de quienes compartieron su vida política intentan rescatar su historia del olvido.
No se trata solamente de recordar al político.
Se trata de recuperar al hombre.
Al dirigente que creyó que el conservatismo podía ser moderno sin dejar de ser institucional; social sin renunciar a sus principios; y político sin convertir las diferencias en enemistades.
Quizás esa sea la última batalla de Alfonso Núñez Lapeira.
No una elección.
No una curul.
No una gobernación.
Sino algo mucho más difícil:
que su nombre no desaparezca de la memoria de Antioquia.
José Obdulio Gaviria lo resume así:
“Núñez Lapeira pertenece a esa generación de antioqueños que creyeron que el conservatismo podía ser moderno y social sin dejar de ser institucional. Por eso su nombre cabe, con derecho propio, en la historia de Antioquia”.
Y mientras en aquella casa del sector Estadio transcurren lentamente los días, Alfonso Núñez Lapeira todavía pregunta por Colombia.
Quizás porque, después de una vida entera dedicada al servicio público, todavía siente que el país también le pertenece un poco.
Y porque hay hombres que, aunque se alejen de los escenarios del poder, se resisten a desaparecer de la historia.



0 Comentarios